El vaso totalmente lleno

El vaso totalmente lleno

Hace unos días, durante la comida, algunos amigos y yo nos encontrábamos en medio de una contienda sobre el realismo, optimismo y pesimismo, y qué “ismo” era el mejor a seguir.

Unos sostenían que ser realista era, sin lugar a dudas, el adjetivo que todos deberíamos aspirar a lograr llevar, enseñándolo orgullosos a esos incrédulos optimistas a los que la vida no les ha enseñado lo suficiente como para pararse a pensar en lo que están haciendo; y también a esos pobres pesimistas, que ya podrían más bien dar por terminada su existencia arrojándose desde quince metros de altura, o incrustándose una posta de acero para finalizar con tanto sufrimiento.

Sin embargo, había otros, un grupo menor, que defendía con creces el optimismo, el ver el vaso medio lleno. Aseguraban que las personas que conocían que, pese a sus problemas, seguían sonriendo al nuevo día, eran mucho más felices que cualquiera de los sentados a la mesa.

Durante la mayor parte de esta discusión, yo permanecí callado. Y me dio mucho que pensar.

Todos hemos oído y leído infinidad de veces que el optimismo es la clave de todo éxito, que los optimistas viven más y mejor, etc. La realidad, según yo, humilde estudiante, la veo, es que algo funciona mal si hay gente a la que la experiencia les dice que el optimismo es una actitud demasiado idealista de ver las cosas.

Pues bien, he llegado a una serie de conclusiones siempre susceptibles a todo tipo de oposiciones, quejas, gritos de violencia hacia mi persona, y que no anula la posibilidad de malas interpretaciones y otras faltas del estilo, que tanto gusta de hacer el ser humano.

En primer lugar, hay dos tipos de optimistas: los que libremente he denominado “detuenvidianacemifamaístas”, que por razones obvias, y también libremente acortaré a “falsos optimistas”. Estos son los que dan a los realistas y pesimistas argumentos para defender sus posiciones. Los falsos optimistas, debido a un exceso en la consulta de redes sociales, han decidido que deben hacerse misioneros y llevar el mensaje de que “no hay que hacer caso a lo que digan los demás niños de mis nuevas zapatillas”, o “hay que ser fuerte en momentos tan difíciles como cuando a mí, niña de diez años, me dejó mi novio, y tuve que correr a actualizar mi estado de Facebook para hacer ver que, aunque lloro, son lágrimas de tristeza que se tornarán en lágrimas de alegría”.

Estos sujetos son como los dodós: acabarán extinguiéndose por estupidez acumulada. (La única salvación posible que tienen es que alguien les enseñe, pero en muchos casos es altamente improbable).

El segundo tipo de optimista es el optimista. (A estos no los denominaré libremente porque  merecen el título de verdad). Este segundo tipo está formado por aquellas personas que han vivido experiencias fuertes, experiencias que nos harían echarnos atrás a muchos, que nos harían plantearnos el sentido de la vida. Pero no sólo lo integran estos; también forman parte de él muchísimas personas que sí, es cierto, han vivido lo suficiente como para poder contar un par de experiencias más o menos fuertes, pero que tampoco son gente excepcional.

Ambos tipos de personas tienen en común una cosa: saben encontrar una razón para levantarse por las mañanas con una sonrisa. Permitidme aclarar este concepto. He dicho “encontrar”, y no “tener”. Porque siempre se tiene una razón, o mejor dicho, siempre existe, lo difícil es encontrarla. En cualquier situación en la que nos podamos encontrar estará esa razón: en el Calvario, en el campo de concentración de Auschwitz, en las estepas mongolas. Al joven Temujin, (más adelante Gengis Kan), le abandonaron, tras el asesinato de su padre, con su madre y hermanos, en plena Mongolia del siglo XII. Si hubiera sido realista, se habría suicidado, porque las posibilidades de sobrevivir sin tiendas, comida ni armas durante el invierno, eran nulas. Y he dicho también “por las mañanas”, no queriendo decir “todas”, porque momentos duros los habrá, y los habrá siempre. Pero el verdadero optimista sabe discernir entre los que son verdaderos problemas y los que no. Como conclusión, reuniré todas las ideas que he ido señalando a lo largo de la entrada. Que haya personas que critiquen el optimismo es normal, porque no ven el verdadero significado de lo que significa ser optimista.

Ser optimista significa seguir adelante, significa no rendirse ante los retos, significa proponerse esos retos, significa creer en uno mismo, significa encontrar razones para vivir, razones no sólo para ver el vaso medio lleno, sino para creer que puedes llenarlo entero.gota-vasoNicolás. A

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