ESCLAVOS DEL MIEDO

ESCLAVOS DEL MIEDO

-Hoy aceptamos entre nosotros a un nuevo miembro -anuncia el coordinador desde su asiento-. Adelante Diego, preséntate”.

-Hola a todos. Me llamo Diego. Tengo 18 años y he renunciado a mi vida de ensueño -declara cabizbajo.

-Hola Diego-se escucha de forma múltiple apenas un segundo más tarde.

Aparentando una fingida curiosidad, el coordinador vuelve a preguntarle. -Y cuéntanos, Diego, ¿cuándo recaíste?-.

Hace tan solo un año, mis preocupaciones se reducían a cosas tan nimias como quién iría al plan del viernes, qué sucedería con este personaje de la serie que grabé el lunes, o sobre cuál sería el tema para el que debería aportar mi apreciada opinión en aquel inmortal grupo que no duró más de cinco meses. Algunos verán este estilo de vida como algo sano y esencial para sobrellevar la fatigosa rutina y la enorme tensión que sufrimos cada día en el colegio. Sin embargo, habrá otro tipo de personas que leerán esto y se preguntarán: “Pero, después de todo eso, ¿qué?¿Qué hacías de provecho después?” Es a estos insatisfechos perfeccionistas a los que me quiero dirigir.

Como todos sabemos, el ser humano presenta en su desarrollo distintas etapas, y es durante la de la adolescencia cuando uno empieza a hacerse este tipo de preguntas, debido a la madurez intelectual que se empieza a alcanzar. Todos los jóvenes del mundo, en algún momento más temprano o más tardío, toman conciencia de la proximidad del fin de su cómoda vida como menores de edad.

En un país como España, la mayoría de ellos decidirá taparse los ojos para no tener que encarar el miedo que provoca la incertidumbre de lo que puede pasar. Todos sabemos quiénes son, aquellos perezosos “malos estudiantes” (porque no existen estudiantes sin capacidad, sino estudiantes insuficientemente trabajadores) que no suelen encontrarse en colegios privados y que parecen las personas más felices de este país. Ellos viven el momento, como si el futuro no les importase lo más mínimo. Seguramente tengan aspiraciones y objetivos que querrían cumplir, pero el miedo a perder la felicidad que les da el placer inmediato les supera.

Pero no serán ellos los únicos que abandonarán.

También estarán aquellos que tendrán claro qué es lo que quieren hacer, sabrán cuál es la ocupación que les hará felices durante el tiempo en que estén ejerciéndola. Los adolescentes con las cosas tan claras son una minoría, uno no se suele cruzar con ellos todos los días, y suelen ser personas fascinantes e inspiradoras cuando las conoces. ¿Su único error? El miedo a fallar.

Una de esas personas me dijo una vez: “Es muy duro saber que no tienes suficiente capacidad como para alcanzar aquél único sueño que sabes que te hará feliz”. Mucha más gente piensa eso, y se siente descorazonada ante la idea de no conseguir su meta. ¿Pero es realmente la capacidad tan determinante? ¿Están estas personas predestinadas a no poder alcanzar sus sueños? Yo sé que no. Ya he dicho antes que lo único que se necesita es trabajar lo suficiente. Es cierto que habrá personas que tendrán que esforzarse más, y personas que tendrán más facilidad para conseguirlo, pero eso no significa que sólo los últimos puedan hacerlo. Porque cuando se trata de sueños y de la recompensa que se obtiene al alcanzarlos, ¿acaso parece razonable que el miedo al esfuerzo vaya a ser el límite que impida cumplirlos?

Todo el mundo puede alcanzar sus sueños, y es más, es obligación de cada uno alcanzarlos. No importa lo duro que vaya a ser el camino, no importa el número de veces que haya que levantarse porque, al final, nadie te va a preguntar cuánto tardaste en llegar; es más, con el paso de los años ni siquiera tú recordarás los malos momentos. Tan sólo sentirás la satisfacción de haber alcanzado tu sueño.

Juan L. P.

 

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