Los silencios

Los silencios

“Por eso sabes que has encontrado a alguien especial. Puedes estar callado un jodido minuto y disfrutar del silencio.”

Hola de nuevo.

Seguro que no pocas veces os habéis enfrentado con un silencio. Sí, uno de esos que llaman “silencios incómodos”. Me refiero, por supuesto, a esas situaciones tan variopintas como pintorescas en las que, por ejemplo, uno puede encontrarse con un viejo amigo, con uno reciente quizá; en un grupo de personas o un corrillo o, la peor de todas, en una comida con familiares que no has visto en tu vida y para colmo, pretenden que te relaciones. (Qué vergüenza) Pues bien, en todas ellas puede haber ciertos momentos en los que nadie diga nada, en los que, por pasividad o desconcierto, el silencio reine.

Si se da el caso, de todos es sabido que cuando un silencio se alarga durante tres segundos, la situación comienza a descontrolarse y se vuelve insostenible. Las cabezas de los presentes trabajan como nunca antes y buscan posibles temas de conversación: “¿Fútbol? No,creo que le guste. ¿Colegio? No seas aburrido. ¿Moda?, puede ser. ¡Uy! Fíjate como te está mirando. ¡No! Definitivamente, moda no.” Si uno no acierta con el tema, la incomodidad aumenta exponencialmente. “¿De qué me está hablando este? Mira que es soso.”

Los ínclitos expertos en la materia aconsejan, en este tipo de desafíos, evitar el contacto visual para mayor serenidad, de lo contrario, advierten que surgirán pensamientos como: “Me está mirando. Le estoy mirando. Tengo que decir algo o va a pensar que soy tonto.” 

Si no hacemos caso de estas indicaciones, es muy probable que comencemos a mirar al interlocutor con ojos como platos, lo cual, combinado con la prolongación del silencio hasta los cinco, quizá siete segundos, asegura la apoplejía o el derrame cerebral. Tu cerebro no ha sido capaz de encontrar tema de conversación y la situación te ha sobrepasado. Pobre de ti, y de todos.

Ahora bien, seamos inteligentes. Aprendamos a aprovechar estas tesituras. Dejemos que el silencio abarque el momento. Respirémoslo. No hagamos caso a los pseudoexpertos y miremos a los ojos de aquel con el que estemos hablando (o no hablando). Sonríe y ya está. Adiós “incomodidad”. Se conoce mejor a una persona por lo que calla que por lo que tiene que decir. Si no te sale del corazón y del alma, no lo digas. Aunque tengas mil palabras que decir, por el simple placer de escuchar. Si no sale de ti como un cohete, mejor no lo digas. Si el silencio se tiene que romper, se romperá, pero no hay que forzar. Si tienes algo que decir con la mente, el cerebro y todo tu ser, lo dirás, cuando sea el momento. Hasta entonces, espera. Espera en silencio, mirando sin ver, las cosas que vas a escuchar, y que nunca antes habías escuchado.

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Juan T.

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