Más es siempre más

Más es siempre más

alejandro y diogenesHace dos semanas se me rompió el botón de bloqueo del móvil. Me pareció una nimiedad, totalmente carente de importancia. Pero no fue así. Es más, fue una completa putada. Piénsalo. No podía bloquear el móvil al cambiar de canción, ni al hablar por Whatsapp, ni cuando me cansaba de un vídeo, ni cuando leía el periódico… Siempre debía volver al menú inicial para tocar un botoncito y que se bloquease. Lo peor, sin duda, es que no se me podía  apagar el móvil, ya que no hay maldito modo de encenderlo sin el botón del diablo. Y me volvía loco.

Sin embargo, hoy me da absolutamente igual. Al fin y al cabo, hay otras personas que ni siquiera disfrutan de las infinitas posibilidades que el móvil ofrece (Víctor), y son plenamente felices.

Esto me hizo pensar. No era únicamente ese réprobo botón. Me había sucedido con muchas más cosas y no me había dado cuenta. Con la ropa, con el dinero. ¿Acaso cuanto más tenemos, más queremos? Interesante cuestión. Al rescate, como siempre, llegaron las humanidades. Esta vez por medio de la Historia.

Al oír hablar sobre Diógenes, Alejandro Magno quiso conocerlo. Así que un día en que el filósofo estaba acostado tomando el sol, Alejandro se paró ante él.

Diógenes se percató también de la presencia de aquel joven espléndido. Levantó la mano como comprobando que, efectivamente, el sol ya no se proyectaba sobre su cuerpo. Apartó la mano que se encontraba entre su rostro y el del extraño y se quedó mirándolo.

El joven se dio cuenta de que era su turno de hablar y pronunció:

– “Mi nombre es Alejandro El Grande”. Pronunció esto último poniendo cierto énfasis enaltecedor que parecía más bien aprendido.

– “Yo soy Diógenes el perro”

Hay quienes dicen que retó a Alejandro Magno con esta frase, pero es cierto también que en Corinto era conocido como Diógenes el perro. Alejandro Magno era conocido en la polis así como en toda la Magna Grecia.

A Diógenes no parecía importarle quien era, o quizá no lo sabía.

El emperador recuperó el turno:

– “He oído de ti Diógenes, de quienes te llaman perro y de quienes te llaman sabio. Me place que sepas que me encuentro entre los últimos y, aunque no comprenda del todo tu actitud hacia la vida, tu rechazo del hombre virtuoso, del hombre político, tengo que confesar que tu discurso me fascina”.

Diógenes parecía no poner atención en lo que su interlocutor le comunicaba. Más bien comenzaba a mostrarse inquieto. Sus manos buscaban el sol que se colaba por el contorno de la figura de Alejandro Magno y cuando su mano entraba en contacto con el cálido fluir, se quedaba mirándola encantado.

– “Quería demostrarte mi admiración”, dijo el emperador. Y continuó: “Pídeme lo que tú quieras. Puedo darte cualquier cosa que desees, incluso aquellas que los hombres más ricos de Atenas no se atreverían ni a soñar”.

– “Por supuesto. No seré yo quien te impida demostrar tu afecto hacia mí. Querría pedirte que te apartes del sol. Que sus rayos me toquen es, ahora mismo, mi más grande deseo. No tengo ninguna otra necesidad y también es cierto que solo tú puedes darme esa satisfacción”

Mas tarde Alejandro comentó a sus generales: “Si no fuera Alejandro, me hubiera gustado ser Diógenes.”

Increíble. El hombre más grande de su época (si no el de la Historia), afirmando que de no ser él le gustaría ser Diógenes. ¿Por qué? La respuesta es fácil. Él había buscado la plenitud en la adquisición de todos los bienes imaginables. Y la había conseguido. Y sin embargo, Diógenes, el perro, la había buscado en el desprendimiento de todos los bienes imaginables. Y la había encontrado.  Los dos se encontraban plenos, íntegros. Los dos protagonizan páginas en el libro de la Historia.

Por ello, quizás debiéramos reconsiderar el camino a tomar hacia la plenitud. Quizás con tres camisas basta y no necesitamos una cuarta. Quizás con el viejo móvil basta, y no necesitamos el más nuevo y más caro. Quizás es hora de vivir nuestra vida y no nuestras posesiones.

Sí. Cuanto más tenemos, más necesitamos.

Pedro A.

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