¿PREDESTINADO?

¿PREDESTINADO?

-¿Nunca te has parado a pensar en que, si no hubieras conocido a alguien, seguramente no estarías aquí ahora?-.

-Tienes razón, no estaría pero, ¿qué tiene eso de extraordinario?-.

Es una pregunta que todos, en algún momento de nuestra vida, nos hemos hecho. En el momento mismo aparece en nuestra mente la imagen de una persona que sobresale entre otras. Entonces volvemos hacia atrás en el tiempo y recordamos ese primer contacto, ese primer saludo que, desde nuestra actual posición en el presente, nos parece un hito histórico. Llega la pregunta: “¿Qué hubiera pasado, qué hubiera sido de mí, si no le hubiese conocido?”. Es entonces cuando analizamos mentalmente los cambios sufridos debido a la influencia que ejerció en nuestra moral, en nuestros pensamientos, en nuestra forma de ver el mundo. Establecemos una relación mental entre estos cambios y el tiempo transcurrido desde aquella primera vez. Y entonces intentamos eliminar toda esa línea temporal junto con su anexo anteriormente relacionado. Analizamos todos los datos que se encuentran justo en ese eslabón perdido de la cadena y extrapolamos hasta llegar al momento actual.

Es obvio que el resultado a este desarrollo automático del cerebro cause la sensación de sobrecogimiento ante la diferencia que encontramos con nuestra nueva forma de vivir la realidad. Nos parece que acabamos de realizar el mayor descubrimiento de la Humanidad, y comenzamos a establecer lazos con todas las personas que encontramos que puedan haber causado el mínimo cambio en cualquier hábito de nuestra vida. En este instante todo parece enlazarse enrevesadamente alrededor de un primer momento en nuestra historia, y no podemos más que pensar: “¿Todos estas conexiones estaban “escritas” por alguien para que yo llegara a ser quien soy ahora?”

En primera instancia puede parecer la explicación más acertada, ya que el entramado de hilos que nuestra mente ha creado parece demasiado complejo como para haber sido fruto de la casualidad.

Pero otro enfoque es posible. Las personas son personas, cada una de ellas víctima de sus convicciones y principios, habitantes de su propio mundo interior, sufridoras de su carácter y forma de ser. Cada una de ellas guarda en su interior deseos y esperanzas, miedos e ilusiones, dolores y aficiones, odios y amores. Y cada una de ellas siembra pedacitos de estos sentimientos a su paso por el mundo; pedacitos que flotan arrastrados por el viento; pedacitos que se adhieren a otras personas. Son cada uno de estos pedacitos los que nos cambian por dentro, los que nos hacen plantearnos nuevas preguntas sobre nosotros mismos y replantearnos las ya existentes.

Pero ellas son personas, simples seres humanos como tantos miles de millones más existen en el mundo. ¿Por qué hemos conocido a las que hemos conocido y no a otras? ¿Por qué justo a las que nos han hecho llegar a ser como somos ahora? Yo no creo en la predestinación, no creo que el destino tenga trazadas nuestras “líneas de la vida”, ni que un dios haya escrito cada uno de los segundos de estas. Prefiero creer, por el contrario, que cada una de las personas que he conocido a lo largo de mi aún efímera vida, y que me han hecho cambiarla, han aparecido en ella fruto de la casualidad; y que justo ellas sean las que poseen las características que han llegado a definir mi personalidad actual, es del mismo modo fruto de la casualidad.

Que hayan sido ellas o que hubiesen sido otras, ¿qué tiene eso de extraordinario?

Juan L. P.

 

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